Este experimento con los codos revela por qué tu mano dominante es, bueno, la dominante
“No se prefiere la mano dominante porque sea más hábil. Se vuelve más hábil porque uno la prefiere. Y no se notaría ninguna diferencia entre ambas manos sin las herramientas y los objetos del mundo que requieren práctica para usarlos correctamente”, resume John Krakauer, uno de los autores del estudio, en un comunicado.
El experimento del codo fue la evidencia más intuitiva, pero no la única. En otra serie de pruebas, los investigadores compararon el desempeño de ambos brazos durante movimientos normales, con una pesa en la muñeca y utilizando una vara ligera. Si la teoría clásica era correcta, aumentar la dificultad física del movimiento debía favorecer aún más al brazo dominante. Sin embargo, la diferencia apareció sobre todo cuando los participantes utilizaron la herramienta, un resultado que también apuntó hacia la importancia de la experiencia.
¿Una ventaja que se aprende?
Tomados en conjunto, ambos experimentos apuntan en la misma dirección: la superioridad de la mano dominante parece surgir menos de una ventaja general del cerebro para controlar el movimiento y más de las habilidades específicas que acumulamos durante años usando herramientas, escribiendo o manipulando objetos con nuestra mano preferida.
“Dado que los humanos somos usuarios y fabricantes de herramientas excepcionalmente prolíficos, la lateralidad manual podría ser un subproducto de nuestra inventiva. La lateralidad manual puede considerarse una huella dactilar de la cultura humana del uso de herramientas”, agrega Ahmet Arac, otro de los autores.
Los propios autores reconocen que el debate sigue abierto. Proponen repetir este tipo de experimentos en personas zurdas, pacientes que han tenido que cambiar de mano dominante y usuarios de prótesis, donde la biología y la experiencia podrían separarse con mayor claridad. Pero si su interpretación es correcta, cada firma, cada dibujo y cada objeto que aprendimos a manipular desde la infancia habrían hecho mucho más por nuestra destreza que una ventaja innata del cerebro.
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