La ciencia quiere cambiar el significado del concepto “muerte”
“El objetivo clínicamente significativo no es la prolongación de la esperanza de vida por sí misma”, añade Justice, “sino reducir la morbilidad: retrasar la aparición de enfermedades y el deterioro funcional, de modo que se reduzca el intervalo entre el inicio de los problemas y el final de la vida, idealmente hasta llegar a cero”. Aunque Nakhle aclara que el envejecimiento es inevitable, lo que está cambiando es la suposición de que el envejecimiento debe significar automáticamente el mismo nivel de deterioro que experimentaron las generaciones anteriores. “Nos preguntamos cada vez más en qué medida el deterioro es realmente inevitable y en qué medida puede retrasarse, prevenirse o gestionarse mejor”, manifiesta. “Se trata de un cambio bastante fundamental”.
El movimiento de la longevidad
Prolongar la vida saludable y, en consecuencia, posponer la muerte, se enmarca en el amplio concepto de “longevidad”, un concepto vago que carece de precisión significativa. La longevidad se ha convertido en un término genérico que abarca desde intervenciones basadas en la evidencia hasta suplementos sin demostrar y curas milagrosas, a medida que los intereses comerciales buscan acceder a un mercado global cuyo valor se estima en 33 billones de dólares.
En los Emiratos Árabes Unidos, la inteligencia artificial, la genómica, la medicina de precisión y el análisis predictivo se están incorporando a la estrategia sanitaria del país. Abu Dabi cuenta con un ecosistema sanitario que da “prioridad a la longevidad” y se centra en prolongar la esperanza de vida saludable. Mientras tanto, la Autoridad de Longevidad de Dubái, puesta en marcha en junio de este año, tiene el encargo de convertir al emirato en un centro líder en materia de longevidad regulada, bienestar y ofertas sanitarias avanzadas. Arabia Saudí, por su parte, también está pasando explícitamente del tratamiento a la prevención y la detección precoz a través de su Programa de Transformación del Sector Sanitario.
En el pasado, el envejecimiento se consideraba un factor de riesgo de fondo que requería intervención en caso de enfermedad. Ahora se aborda como un conjunto de procesos modificables que se producen en una fase previa y que impulsan múltiples enfermedades o afecciones de forma paralela. Ya no es como un telón de fondo inevitable. “Ese cambio de perspectiva tiene importancia en la práctica”, aclara Justice. “Una única intervención que actúe sobre un mecanismo fundamental del envejecimiento (la senescencia celular, la función mitocondrial, la inflamación sistémica, las alteraciones epigenéticas o la reparación del ADN) podría retrasar varias enfermedades no relacionadas entre sí a la vez, en vez de requerir un fármaco distinto para cada una. La apuesta científica es que la biología del envejecimiento se sitúa en una fase previa a la enfermedad, y no solo está correlacionada con ella (y eso se puede comprobar, lo cual es una novedad)”.
La evidencia más sólida para prolongar la vida saludable sigue siendo una alimentación equilibrada y el ejercicio, en particular el entrenamiento de resistencia y el ejercicio cardiovascular. Los fármacos reorientados, como la metformina y la rapamicina, parecen prometedores en los primeros estudios en humanos y en el laboratorio, pero ninguno de ellos ha demostrado aún, en un ensayo a gran escala, que prolongue la vida saludable, refiere Justice. Los agonistas del GLP-1, una clase de fármacos que incluye Ozempic y Wegovy, se están abriendo paso hacia el campo de la “evidencia sólida”, expresa, gracias al enorme experimento en el mundo real que se está llevando a cabo actualmente con millones de pacientes. Pero los expertos siguen sin ponerse de acuerdo sobre si estos fármacos pertenecen realmente al conjunto de “herramientas antienvejecimiento”.
Uno de los problemas es saber si una intervención ha ralentizado el envejecimiento biológico. Varias medidas de la edad biológica, incluidos los marcadores epigenéticos, proteómicos y funcionales, se correlacionan con la enfermedad y la mortalidad a nivel poblacional, explica Justice. Pero aún no se ha establecido ningún biomarcador único como medida fiable y aceptada por las autoridades reguladoras para determinar si una intervención está ralentizando el envejecimiento. Esto hace que resulte difícil saber si un tratamiento está modificando realmente el proceso de envejecimiento sin tener que esperar décadas para comprobar si alguien vive más tiempo.
Otros tratamientos, como los senolíticos (fármacos destinados a eliminar las células envejecidas o “senescentes”), los precursores del NAD+, los inhibidores de SGLT-2 (fármacos desarrollados originalmente para tratar la diabetes), nuevas combinaciones de incretinas con efectos que van más allá de las enfermedades metabólicas, las terapias dirigidas a las mitocondrias y los enfoques dirigidos al inflamasoma (un complejo proteico implicado en la inflamación), cuentan con una “base mecánica sólida y algunos indicios en humanos”, pero la evidencia aún no está consolidada.
El problema, según explica Justice, es un cuello de botella normativo y estructural. No existe una indicación reconocida relacionada con el envejecimiento para la que las autoridades reguladoras aprueben medicamentos, por lo que las líneas de desarrollo siguen canalizando los geroterapéuticos a través de ensayos e indicaciones específicos para cada enfermedad. “Mi estimación sincera es que probablemente nos separe una década del primer medicamento aprobado para un biomarcador del envejecimiento o un criterio de valoración funcional compuesto, en lugar de uno de valoración de una enfermedad concreta”.
Para muchos en el sector, el objetivo es ayudar a las personas a vivir hasta los 100 años con buena salud. Pero, como señala Nakhle, hay “una enorme diferencia entre decir que quizá podamos detectar enfermedades antes o ralentizar ciertos mecanismos asociados al envejecimiento y decir que la tecnología va a vencer al envejecimiento por completo. Incluso dentro de la comunidad científica, existe un desacuerdo significativo sobre hasta qué punto se puede prolongar realmente la esperanza de vida humana”.
Prolongación radical de la vida
Para algunos, el objetivo de vivir hasta los 100 años con buena salud revela una clara falta de imaginación. Filósofos, gerontólogos biomédicos y transhumanistas sostienen que no hay ninguna razón por la que los seres humanos no puedan llegar a vivir, con el tiempo, durante siglos. Predicen que la medicina superará el propio envejecimiento, lo que nos permitirá permanecer biológicamente jóvenes de forma indefinida. ¿Por qué? Porque, aunque el cuerpo humano es mucho más complejo que una máquina, sigue estando sujeto a los mismos procesos fundamentales de daño y deterioro.
“Envejecer, vencer al envejecimiento, ralentizarlo, revertirlo y, con el tiempo, quizá detenerlo, es el objetivo central de la longevidad”, destaca Vita-More. Tal y como están las cosas, la esperanza de vida máxima del ser humano es de 122 años y 164 días: la edad que alcanzó Jeanne Calment, la persona más longeva de la historia documentada con una fecha de nacimiento verificada. Pero un récord no es necesariamente un límite biológico. Por lo tanto, deberíamos aspirar, como mínimo, a superar los 122 años.
Lo que falta en materia de longevidad, sostiene Vita-More, son las ideas visionarias que permitan imaginar lo que podría ser posible. “Cualquier avance en ciencia o tecnología surge primero de las ideas”, argumenta. “Las ideas preceden a la ciencia y la tecnología que pueden hacerlas realidad, y esas ideas se nutren de una cultura que permite a las personas pensar libremente, cuestionar la norma y que apoya a los innovadores y visionarios para que tomen lo imposible y lo hagan posible”.
Los defensores de la longevidad radical sostienen que no hay razón para dar por sentado que los límites biológicos de la vida humana sean fijos. Y aunque Vita-More cree que el transhumanismo no implica que la tecnología vaya a producir inevitablemente superhumanos, la inmortalidad o una utopía tecnológica, sí cuestiona la suposición de que el cuerpo humano deba permanecer dentro de los parámetros biológicos que han definido a nuestra especie hasta ahora.
“Habrá tecnología para intervenir, para hacer frente a las enfermedades y al envejecimiento, y para prolongar y mejorar la vida. Eso es un hecho. Eso es lo que hace la tecnología”, vislumbra. “Tendremos nuevos microscopios y microscopios atómicos, así como diferentes formas de comprender lo que ocurre en el nivel molecular más detallado de la comunicación celular dentro de nuestros cuerpos. Eso es un hecho. Ocurrirá”.
A Vita-More le intriga el concepto de los nanobots (1,000 veces más pequeños que un microrrobot) que, con la ayuda de la IA, se programarán para dirigirse a una zona específica del cuerpo y actuar sobre el funcionamiento más íntimo de una célula. El objetivo es reparar, regenerar y renovar el cuerpo. “Nuestro sistema biológico ya hace esto, pero no lo hace muy bien, porque estamos envejeciendo y padecemos enfermedades que nos matan”. Ella imagina un futuro en el que los nanobots se conviertan en parte de nuestros cuerpos, al igual que las mitocondrias.
Para otros, llegará un momento en el que los avances médicos alargarán nuestra esperanza de vida restante más rápido de lo que envejecemos. Esto se conoce como la “velocidad de escape de la longevidad” (LEV), una teoría acuñada por primera vez por el futurista David Gobel. La LEV describe un punto hipotético en el futuro en el que los avances médicos mantendrían efectivamente a una persona por delante del proceso de envejecimiento, lo que podría permitir que tratamientos sucesivos prolongaran la vida indefinidamente.
A Justice no le gusta verse envuelto en debates sobre la prolongación radical de la vida por el mero hecho de hacerlo, ya que cree que tales debates distraen de la verdadera labor de enriquecer las largas vidas que las personas ya tienen. Sin embargo, un reciente artículo de modelización publicado en la revista npj Aging sugería que, si pudiéramos contrarrestar la acumulación de daños, mejorar los procesos de reparación y abordar con éxito los rasgos biológicos característicos del envejecimiento en los seres humanos, podría alcanzarse una esperanza de vida máxima de entre 150 y 200 años.
“Pero ese trabajo no lo trata como algo trivial; requeriría avances tecnológicos sustanciales y una coincidencia casi perfecta de circunstancias que la mayoría de la gente no tendrá”, afirma. “Así que, en principio, no es imposible. Pero la brecha entre identificar y modular parcialmente algunos mecanismos del envejecimiento en la actualidad, y retrasar de forma fiable mecanismos que ni siquiera hemos caracterizado por completo, es enorme. Y esa brecha tiende a subestimarse en el debate público, porque las ganancias modestas y acumulativas en años de vida saludable dan lugar a titulares mucho menos llamativos que los que hablan de ‘siglos’”.
Humanos vs. Máquinas
Mientras que los defensores de la longevidad y los gerontólogos buscan prolongar la vida, potencialmente hasta alcanzar los cientos de años, otros se centran en la integración entre humanos y máquinas como una forma alternativa de superar las limitaciones del cuerpo biológico. Empresas como Psyonic y Cognixion están utilizando la tecnología para restaurar y potenciar funciones que el cuerpo ha perdido o que ya no puede realizar. Ambas ofrecen un atisbo de un futuro en el que los seres humanos y la tecnología se fusionan cada vez más, lo que podría cambiar nuestra forma de vivir y lo que significa ser humano.
Pedro Lopes, profesor asociado de informática en la Universidad de Chicago, donde dirige el Laboratorio de Integración Humano-Informática, señala que la tecnología es cada vez más capaz de intervenir directamente en funciones que antes realizaba íntegramente el cuerpo. Le interesan especialmente las tecnologías que interactúan con el cuerpo utilizando los propios canales de este. En lugar de mostrar una instrucción que te indique cómo moverte, por ejemplo, un dispositivo puede estimular los músculos y producir o facilitar físicamente ese movimiento.
La pregunta, entonces, es: ¿qué ocurre cuando la tecnología y la IA dejan de ser herramientas que manejamos conscientemente y, en cambio, comienzan a actuar directamente a través de nuestro cuerpo o junto a él?
“Esta es una de las cuestiones centrales de mi trabajo”, responde Lopes. “La mayoría de las interfaces actuales mantienen una frontera muy clara. Yo decido utilizar la computadora, doy una orden y ocurre algo. En cuanto la tecnología pueda actuar a través de tu cuerpo, esa secuencia cambia. Imagina que puedes pedirle a tu sistema de IA que te ayude con un movimiento que te cuesta realizar. Lo máximo que puede hacer hoy en día es mostrarte un video o un manual con instrucciones, pero con acceso directo al cuerpo también puede, con tu permiso, activar tus músculos para guiarte hacia los movimientos correctos. Ahora la computadora no se limita a mostrarte información. Se ha convertido en parte del ciclo que genera tu acción física”.
¿Y si pudiéramos sustituir órganos por versiones sintéticas, no para recuperar lo que el envejecimiento nos ha quitado, sino para mejorar la propia biología? ¿Y si pudiéramos vencer a la muerte, no manteniendo vivo el cuerpo biológico, sino sustituyendo progresivamente aquello que nos lleva a morir?
Ilustración: Alonso Guzmán Barone
“Gran parte de lo que tememos del deterioro no es la muerte en sí misma”, responde Aadeel Akhtar, fundador y director ejecutivo de Psyonic. “Es la pérdida de autonomía en el camino hacia ella. No poder alimentarte por ti mismo, abrazar a alguien o realizar el trabajo que te define como persona. La tecnología que restaura esas funciones cambia sustancialmente ese miedo, y lo he visto suceder en vidas concretas. Si sustituir suficientes funciones acaba retrasando la propia mortalidad, no lo sé, y desconfío de cualquiera que afirme saberlo con certeza”.
“Hay un salto conceptual muy grande entre decir que podemos sustituir funciones individuales y decir que podemos sustituir progresivamente a un ser humano”, coincide Lopes. “Una persona no es un conjunto de módulos independientes en el que, si sustituimos suficientes componentes, la mortalidad desaparezca”. Considera que la integración entre el ser humano y la máquina es una vía plausible para mantener capacidades, restaurarlas y, tal vez, crear nuevas capacidades para los seres humanos. No “ve pruebas de que esa misma trayectoria se convierta necesariamente en un camino para superar la muerte”.
Vita-More, sin embargo, opina lo contrario. Ella imagina un mundo de ojos artificiales, pulmones impresos en 3D, prótesis de extremidades —por supuesto— y quizá válvulas cardíacas para regular el flujo sanguíneo. En un mundo así, ya no seríamos exclusivamente 100% biológicos. Propone que “Si ese es el caso, y contamos con aumentos o mejoras artificiales, sintéticas y computacionales, tendremos que replantearnos todo este concepto de la inmortalidad, ya que está arraigado en la biología”.
Inmortalidad digital
Si la tecnología puede llegar a formar parte de los sistemas sensoriales y motores del cuerpo, la siguiente frontera es más fundamental: el propio cerebro. Las interfaces cerebro-computadora (BCI), como Neuralink de Elon Musk, ya son una realidad y se encuentran en fase de pruebas iniciales en varios lugares. El siguiente paso podrían ser las interfaces neuronales bidireccionales de gran ancho de banda. Estas leerían las intenciones y enviarían información sensorial y cognitiva de vuelta al cerebro de la persona, convirtiendo a las BCI en una extensión de la percepción, la memoria y la capacidad de acción.
Para Vita-More, la corteza prefrontal (la región del cerebro que ha evolucionado más recientemente y que es responsable del pensamiento crítico, el razonamiento y la autorregulación) es especialmente importante para la longevidad. Ella cree que debemos utilizar las herramientas actuales de IA, especialmente los grandes modelos de lenguaje (LLM) y la IA estrecha, para complementar o respaldar estas funciones cognitivas en declive. En su opinión, una “corteza exofrontal” podría ampliar las capacidades cognitivas de una persona más allá de su cerebro biológico.
Si se pudieran preservar o guardar en copia de seguridad los recuerdos, las conexiones neuronales y las funciones cognitivas, argumenta, algún día podrían transferirse a otro sistema, ampliando la idea más allá de la conservación de los recuerdos mientras estamos vivos hasta la conservación de la información contenida en el cerebro tras la muerte. “La cuestión interesante es si, en el futuro, podríamos revertir o recuperarnos de formas de cese corporal que hoy en día son irreversibles”, destaca. “Aquí es donde los seres digitales, los sustratos computacionales y las formas de conciencia digital cobran especial interés. Puedo imaginar un futuro en el que las personas dispongan de algo parecido a un plan de seguro para la continuidad: la conservación periódica de aspectos de sus funciones neurológicas, recuerdos e identidad en sustratos sintéticos o computacionales”.
Sin embargo, se detiene ante el término “inmortalidad”. La inmortalidad implica la incapacidad de morir; sin embargo, incluso las vidas radicalmente prolongadas siguen siendo vulnerables a los accidentes, los asesinatos, los conflictos y otras causas de muerte no intencionales. Bryan Johnson, famoso por su deseo de vivir para siempre, cree que nuestro cuerpo biológico no es más que la versión 1.0 de nuestra existencia, mientras que la existencia computacional sería la versión 2.0, que proporcionaría, en esencia, la inmortalidad digital. Otros conciben de manera similar formas digitales de continuidad, en las que algunos aspectos de los recuerdos, la personalidad o la identidad de una persona podrían persistir más allá del cuerpo biológico, independientemente de si la conciencia sobrevive o no.
La versión más mundana de la inmortalidad digital no es más que la huella digital que dejamos atrás. Como dice el especialista en ética digital Carl Öhman, “los datos de los fallecidos son más que el historial individual de un usuario; son el legado del siglo XXI”. Ese historial incluye de todo, desde publicaciones y perfiles en redes sociales hasta consultas de búsqueda y hábitos de compra en línea. Algunos desean dejar solo rastros; otros buscan crear una versión depurada o idealizada de sí mismos.
“Cuando pienso en la inmortalidad digital, no suelo pensar en la supervivencia de nuestras mentes, sino en nuestra personalidad, es decir, en la narrativa de quiénes somos”, comenta Öhman. “Las personas a las que se les concedió este privilegio en el pasado han sido unas pocas. Con la tecnología digital, casi todo se registra de forma predeterminada, por lo que las historias personales que sobrevivan serán (con suerte) más diversas».
¿En quiénes nos convertimos?
Si los aspectos que tradicionalmente han definido lo que significa ser humano pueden modificarse, sustituirse o potenciarse, lo que conduciría a una prolongación radical de la vida y, potencialmente, a una esperanza de vida saludable indefinida, ¿persistirán con el tiempo nuestra personalidad, nuestra identidad, nuestra memoria y la esencia de lo que somos como seres humanos?
Sam Altman, CEO de OpenAI, cree que los seres humanos se fusionarán con la IA en los próximos 50 años, lo que significa que no venceremos a la muerte, sino que evolucionaremos más allá de lo humano. Seríamos, según escribió en una entrada de blog de 2017, la primera especie en diseñar a nuestros propios descendientes. “Mi hipótesis es que o bien podemos ser el gestor de arranque biológico de la inteligencia digital y luego desvanecernos en una rama del árbol evolutivo, o bien podemos descubrir cómo sería una fusión exitosa”. Musk, el hombre más rico del mundo y el empresario detrás de Tesla, SpaceX y xAI, utiliza una terminología similar y asegura en X que “cada vez parece más claro que la humanidad es un gestor de arranque biológico para la superinteligencia digital”.
“No hay ninguna barrera ni ley que diga que, como seres humanos, esto es lo que somos y esto es lo que tenemos que ser para siempre”, refiere Vita-More. “Pero si tu cerebro encapsula la esencia de quién eres (en lo que respecta a tu personalidad, tu comportamiento, tu razonamiento, tu forma de pensar, tu creatividad y tus recuerdos), entonces eso es lo que queremos preservar. Así que me parece que no importa qué aspecto tenga el exterior de nuestro cuerpo, ni siquiera cómo funcione por dentro, siempre y cuando sigamos vivos”.
Lo bonito, en su opinión, es que podemos ser los arquitectos de nuestra propia existencia. Pero eso requerirá mirarnos a nosotros mismos con franqueza (nuestros sesgos cognitivos, nuestra indiferencia y en lo que nos hemos convertido como especie) y preguntarnos cómo podríamos cambiar. “Si nuestro devenir es una mejora continua o una experiencia de quiénes somos (y no quiero utilizar el término “mejora”, sino más bien “más iluminados”, “más sabios”, “más amorosos”, “más humildes”, “más cercanos”, “más empáticos” o “más conscientes”), ese es, creo, el objetivo filosófico de en qué podríamos convertirnos”.
¿Quién se beneficia de estas tecnologías? En la actualidad, los mejores diagnósticos, la monitorización continua, la medicina personalizada y las terapias avanzadas (y, por extensión, todos los avances hipotéticos del futuro) siguen estando al alcance, principalmente, de los más ricos. La relación de cada persona con la muerte dependerá, por tanto, no solo de lo que la ciencia y la tecnología hagan posible, sino también de si puede permitirse beneficiarse de ellas.
Como dice Akhtar, si “estas capacidades solo existen para quienes pueden permitírselas, habremos creado un nuevo tipo de injusticia”. ¿Y si las desigualdades de hoy en día perduran en el mundo que imaginan Altman y Musk? ¿Qué ocurrirá si algunas personas pueden permitirse fusionarse con una IA cada vez más capaz, potenciarse a sí mismas y prolongar sus vidas indefinidamente, mientras que otras siguen limitadas por las restricciones biológicas que siempre han regido la existencia humana?
Justice traza una línea firme entre la ciencia y la ciencia ficción. Según ella, el desdibujamiento de esa línea es el origen de muchos de los problemas de credibilidad del movimiento por la longevidad.
“Prolongar la vida humana sana mediante la medicina (reducir la morbilidad, retrasar las enfermedades relacionadas con la edad y el deterioro funcional, y añadir años de buena salud) es un proyecto serio, basado en la evidencia, con hitos realistas a corto y medio plazo”, aclara. “Superar el envejecimiento o la muerte en sí misma es una afirmación categóricamente diferente: es filosófica y especulativa, de una forma que la biología actual no respalda como objetivo a corto plazo, y mezclar ambas cosas daña la confianza del público en la ciencia legítima”.
Justice cree que, en un horizonte realista de entre 10 y 20 años, los biomarcadores del envejecimiento validados transformarán el diseño de los ensayos clínicos. Además, algunas intervenciones pasarán de ser “prometedoras” a “consolidadas” para mecanismos específicos del envejecimiento, y se lograrán aumentos de la esperanza de vida saludable, medidos en años, que sean reales y más que incrementales. “Es una historia menos sensacionalista que ‘resolver el envejecimiento’, pero es la que realmente respaldan las pruebas, y sigue siendo significativa”.
Artículo originalmente publicado en WIRED Middle East. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.
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