Cuando un estudiante prometió 1.000 dólares haciéndose pasar por Bill Gates y su broma acabó siendo imposible de detener
La parte más interesante es que nadie diseñó todo lo que vino después. Las firmas automáticas daban autoridad a algunas copias, distintos mensajes acababan mezclados y algunas variantes conseguían propagarse mucho más que otras. Mack había puesto en circulación unas pocas líneas, pero Internet terminó convirtiéndolas en algo que podía cambiar sin dejar de reconocerse. Años antes de las redes sociales, ya habíamos encontrado una forma de fabricar virales: bastaba con que cada receptor decidiera enviárselo a alguien más.
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