¿Realmente está temblando más? Esto dice la ciencia sobre los sismos recientes
No basta con contar cuántos sismos ocurren
Determinar si realmente está temblando más es más complicado que comparar el número de terremotos de un año con el anterior porque la cantidad que aparece en los catálogos históricos también depende de los instrumentos disponibles para registrarlos.
Granados explica que existen redes sísmicas globales y locales, pero su cobertura cambia considerablemente entre regiones. Países situados en zonas de alta actividad tectónica, como Japón, Chile o México, han desarrollado redes amplias de monitoreo. En otros lugares existen menos sensores y, por lo tanto, también menos posibilidades de registrar los movimientos pequeños.
“Si tenemos una zona que a lo mejor no tiembla mucho, pero no tenemos un sensor sísmico, no tenemos certeza de cuál es realmente la tasa de sismicidad que está ocurriendo ahí”, explica. “Mientras más sensores existan, se puede hacer un mejor análisis y un mejor estudio acerca de este tipo de sismicidad”.
México permite ver con claridad cuánto puede modificar la tecnología los registros. El Servicio Sismológico Nacional contabilizó 796 sismos en 1990, mientras que en 2025 fueron 40,256. La diferencia no significa que ahora tiemble decenas de veces más. Granados recuerda que las primeras estaciones utilizaban instrumentos analógicos, mientras que las redes actuales cuentan con equipos digitales y una cobertura mucho mayor que permiten registrar movimientos pequeños que antes podían pasar inadvertidos.
“Conforme tengamos más estaciones, seremos capaces de identificar sismicidad mucho más pequeña y con eso podríamos hacer un estudio mucho más completo acerca de cómo se distribuye a lo largo de todo el territorio mexicano”, detalla.
Un peatón pasa frente a una peluquería dañada por el terremoto del 19 de septiembre de 2017 en la colonia Roma de Ciudad de México, México.
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Comparar el presente con siglos anteriores plantea otro problema. Para estudiar terremotos ocurridos antes de que existieran los instrumentos modernos, los equipos de investigación tienen que recurrir a documentos históricos y descripciones de los efectos que dejaron.
Una revisión de grandes sismos en México publicada en 2021 advierte, por ejemplo, que las estimaciones de magnitud y localización de eventos antiguos pueden ser inciertas porque se reconstruyen a partir de sus efectos sobre poblaciones que además eran mucho más pequeñas.
El papel del internet y las redes sociales
Hay otra diferencia entre un terremoto ocurrido hace algunas décadas y uno actual. Hoy basta abrir el teléfono para encontrar videos, mapas, alertas y testimonios de un sismo que ocurrió a miles de kilómetros. Para Granados, esa circulación constante de información también puede cambiar nuestra percepción sobre la frecuencia de los terremotos.
La diferencia es que ahora esos movimientos compiten por nuestra atención en tiempo real. Una secuencia de terremotos importantes puede hacer que una persona comience a recibir y notar información sobre otros eventos que normalmente no habría buscado.
A eso se suman las alertas sísmicas en teléfonos y otros sistemas de aviso temprano. Sin embargo, el investigador enfatiza que estas tecnologías tampoco predicen terremotos: funcionan cuando el evento ya comenzó y buscan advertir a poblaciones a las que las ondas más fuertes todavía no han llegado.
El tiempo disponible depende, entre otras cosas, de la distancia. Granados pone como ejemplo a Ciudad de México, donde una alerta puede llegar antes que el movimiento cuando un sismo se origina en ciertas zonas de la costa del Pacífico. Si el epicentro está mucho más cerca, el tiempo de aviso puede reducirse.
¿Un sismo puede provocar otro a miles de kilómetros?
La sucesión de terremotos recientes también ha provocado otra pregunta: si un sismo fuerte ocurre en un país y pocas horas o días después sucede otro a miles de kilómetros, ¿el primero pudo provocar al segundo? Granados señala que no existe evidencia para relacionar por su cercanía temporal eventos como los ocurridos en Venezuela, Japón y Colombia. Las regiones tienen contextos tectónicos distintos y la coincidencia, por sí sola, no demuestra una conexión entre ellos.
“Cuando ocurre un sismo en cierta zona, la energía viaja por todo el mundo”, explica. Conforme las ondas recorren grandes distancias, gran parte de esa energía se disipa. Para vincular dos eventos, por lo tanto, hace falta mucho más que observar que ocurrieron el mismo día o durante la misma semana.
Aquí existe un matiz importante. La investigación sismológica ha documentado un fenómeno llamado transferencia o activación por estrés dinámico, en el que las ondas de un gran terremoto pueden detonar actividad sísmica a grandes distancias, sobre todo en lugares que ya eran sísmicamente vulnerables.
Esta vista aérea muestra una zona afectada por el colapso de estructuras tras el terremoto del 24 de junio, en Catia La Mar, Venezuela, el 4 de agosto de 2026.
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Pero esto no quiere decir que los grandes terremotos recientes forman parte de una reacción en cadena alrededor del planeta. Para establecer una relación es necesario estudiar las fallas, las ondas sísmicas y los cambios registrados en cada región, pues que dos eventos ocurran con pocas horas o días de diferencia no basta.
La situación es distinta cuando los movimientos suceden en una misma zona y forman parte del mismo proceso. Granados ejemplifica con lo sucedido en Venezuela, donde dos sismos se registraron con alrededor de 39 segundos de diferencia. En ese caso se trató de un doblete sísmico, es decir, dos movimientos cercanos en tiempo y ubicación asociados con una misma zona tectónica.
También están las réplicas, sismos que ocurren después de un evento principal en la misma región. “Mientras más grande el sismo, la cantidad de réplicas también aumenta bastante”, explica Granados. En estos casos sí existe una relación entre los movimientos.
¿Por qué parece que en septiembre tiembla más?
En México, hablar de coincidencias sísmicas conduce inevitablemente a septiembre. Los terremotos ocurridos en ese mes en 1985, 2017, 2021 y 2022 han reforzado la idea de que existe una temporada especialmente propensa a los sismos. Granados considera que esta percepción está muy influida por la experiencia de la Ciudad de México.
“Es una percepción un poco chilangocentrista”, dice, ya que en regiones de la costa donde la actividad sísmica es constante la experiencia es muy diferente: “Ahí te van a decir ‘no, pues yo siento que tiembla todo el año, no solamente en septiembre’”.
Los datos históricos ayudan a desmontar esa idea. El mismo estudio de 2021 revisó más de 100 sismos de magnitud 7 o mayor ocurridos en México entre 1568 y 2021 y encontró que no se concentran especialmente en septiembre. Marzo y diciembre registran 13 eventos cada uno, mientras que septiembre suma 12.
Otro análisis elaborado por investigadores de la UNAM llegó a una conclusión similar después de revisar terremotos históricos. Las coincidencias de grandes sismos aparecen en distintos momentos del año y no únicamente en septiembre. Para sus autores, son los acontecimientos recientes (y especialmente aquellos que afectaron a Ciudad de México) los que han ayudado a construir esa asociación colectiva.
Hasta dónde ha llegado la tecnología sísmica
La tecnología ha cambiado enormemente lo que la ciencia puede registrar. Las redes actuales detectan movimientos más pequeños, permiten localizar con mayor precisión los sismos y ayudan a estudiar cómo se comportan las placas y las fallas. Pero todo este conocimiento todavía no permite responder una de las preguntas que más se repiten después de un terremoto: ¿cuándo llegará el siguiente?
“El momento exacto en el que se generan es, con la tecnología actual, imposible de conocer, porque involucra un montón de parámetros”, dice Granados. Para explicarlo, el sismólogo utiliza la imagen de dos lijas presionadas una contra otra. Aunque se conozca la dirección en que se mueven y la fuerza que se aplica, no es sencillo determinar el instante exacto en que una terminará por deslizarse. En la Tierra, el problema es mucho mayor, ya que las placas abarcan cientos de kilómetros y las condiciones no son iguales en todos sus puntos.
El investigador detalla que los avances más útiles permiten comprender mejor el riesgo y reducir sus consecuencias: “Los sismos no se pueden predecir. Lo que podemos hacer es tratar de aminorar el daño que pueden provocar”, señala. Eso implica mejorar el monitoreo, los reglamentos de construcción, los sistemas de alerta y la preparación de la población.
De algo sí tiene certeza la ciencia: los terremotos seguirán ocurriendo, aunque no pueda anticipar cuándo. La diferencia está en cuánto podemos aprender y prepararnos antes de que llegue el siguiente.
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