D.E.P. Juan Tamariz, el ilusionista amigo de todos que asombraba con sus juegos de cartas y fue maestro de generaciones de magos
Yo aprovecharé como suele hacerse en algunos funerales para contar una anécdota personal del gran personaje. El caso es que tuve la ocasión de conocerle a principios de los años 2000 (así que tendría unos 60 años, pero seguía muy en activo). Invité a Pablo, mi amigo y profesor de magia –porque a mi también me dio por la afición una temporada– y junto a otros colegas y nuestras parejas nos fuimos a verle al Casino de Madrid, lugar emblemático donde actuaba de vez en cuando.
Hizo muchos de sus juegos de cartas y algunos de mentalismo, a cual mejor. Sin duda una gran actuación. Pero la sala, que estaba abarrotada, era grande y nosotros estábamos sentados en una de las mesas del fondo, así que no teníamos las mejores vistas precisamente para ver «magia de cerca», aunque disfrutamos igual de sus números. Tamariz había anunciado que cuando terminara la actuación se pasaría a saludar a las mesas «de allí al fondo», y ciertamente que vino a saludarnos amablemente. Para nuestro deleite, nos hizo un par de juegos más: era magia ultra-de-cerca, más cerca todavía de lo normal, y dejó patidifuso al grupo. Aprovechamos para mencionarle que mi profe también era mago y yo era muy aficionado.
Uno de los detalles al tenerle tan cerca fue que pude comprobar que usaba barajas de naipes Bicycle, que son míticas entre los ilusionistas (de hecho muchas de las barajas trucadas son Bicycle, exactamente el mismo diseño, materiales y tacto). Yo le pregunté cómo era eso, pues le había oído decir que sus naipes favoritos eran los del no menos mítico Heraclio Fournier. Entonces me explicó que en realidad la empresa Fournier fue adquirida años antes por la USPCC (United States Playing Card Company) que es la compañía que está detrás de las Bicycle, entre otras marcas. Así que, como marcas hermanas, «eran prácticamente lo mismo».
Y ahora, para terminar, el que para mí fue el mejor truco de Tamariz:
Durante aquella actuación hizo muchos juegos de cartas, pero el último era la guinda del pastel, que se suelen reservar para el gran cierre. (No recuerdo todos los detalles, sorry, pero es que fue hace muuuchos años). Anunció como solía hacer que el juego era un «truco casi imposible» y que necesitaba voluntarios. Los consiguió paseándose por el público. Cada persona, unas cuatro o cinco, creo que elegía una carta de una baraja (y puede que se la guardara) y el número continuaba en el escenario. Entonces otra voluntaria mezclaba frente a él una baraja distinta, sin que él la tocara en ningún momento, y tras mezclas, cortes y muchos chistes, elegía cartas de las formas más peregrinas, sin verlas. La voluntaria dejaba entonces las misteriosas cartas en sobres (o un atril, o algo parecido) listas para la revelación final. Tamariz no tocaba nada de nada durante toda esa parte de la actuación. Finalmente, al abrir los sobres uno por uno, sacando las cartas mágicamente e ir preguntando a los voluntarios del público, todas las cartas coincidían. {Violín mágico al aire} ¡Chantatachán! {Aplausos}.
Mi profe y yo hablamos sobre el truco, dándole vueltas e imaginando algunas de las técnicas que podría haber usado, lo cual no era fácil en modo alguno, pero intuimos por dónde podía ir la cosa (aunque seguíamos sin saber cómo lo había hecho exactamente, claro).
Pero la sorpresa me la llevé en los meses (y años) posteriores.
Cada vez que alguien de los que había estado allí rememoraba la actuación, contaba ese número de una forma ligeramente diferente: decían que los voluntarios se habían elegido levantando manos (y no los había elegido él personalmente al pasear por la sala); las cartas las habían «pensado» (en vez de tomarlas de la baraja); la baraja era siempre la misma (aunque nadie se fijó si las había cambiado al pasear); los naipes se mezclaban una, dos o muchas veces; la voluntaria elegía las cartas completamente al azar (o alguien más las elegía por ella, o le decía números…) Cada narración hacía el número más impresionante e imposible. Me había fijado especialmente en los detalles y tenía claro por dónde iban los tiros y sabía que esos recuerdos eran erróneos, por no decir casi… implantados: a veces Tamariz decía que hacía algo pero en realidad hacía otra cosa, o daba a entender que una cosa era así pero era asao, y la imaginación y recuerdos de quienes lo vieron hacía el resto, pero siempre mejorando el efecto mágico. De hecho, preguntando a las mismas personas años después, el número mejoraba más todavía porque se volvía ridículamente imposible.
Fue un juego de magia concebido y ejecutado de tal forma que, cada vez que luego era recordado por el público para contárselo a alguien, mejoraba más y más.
Así que, a día de hoy, ese juego en concreto sigue mejorando. Como también nuestros buenos recuerdos de Tamariz siguen creciendo día a día, como gran mago que era. Y seguirán haciéndolo sin duda en años venideros, pues su legado de buen hacer y grandes enseñanzas perdurará en el tiempo.
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Foto: Juan Tamariz (CC) Selbst Erstellt @ Wikimedia.
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