China llevaba años persiguiendo el “oro negro”. Ahora ha comenzado a convertirlo en algo mucho más grande
Lo verdaderamente relevante empieza cuando dejamos de contar bobinas y observamos todo lo que ocurre antes y después. Para obtener la fibra hay que preparar el precursor, oxidarlo y carbonizarlo; después llegan los tejidos, los preimpregnados, los compuestos y el conformado de las piezas. En Jilin, esa secuencia ya convive dentro de un mismo polo industrial. Las autoridades provinciales hablan de 190.000 toneladas de capacidad de precursor, 70.000 de fibra y 50.000 de compuestos, además de líneas de pultrusión, mecanizado y fabricación de productos.
Esa cadena ya termina en objetos que podemos identificar. En Jilin, 230 líneas fabrican placas estructurales para palas eólicas, y la empresa asegura que sus productos se utilizan en el 95% de las palas del mercado chino. El tren CETROVO entró en servicio comercial en Qingdao en enero de 2025 con compuestos de carbono en elementos principales de carga, mientras los carenados fabricados por Tianjin Aisida habían contribuido, según las autoridades locales, a 46 lanzamientos comerciales que alcanzaron la órbita hasta junio de 2026. A escala global, el material también se utiliza en depósitos de hidrógeno y sistemas destinados a reforzar puentes.
China ya encabeza la capacidad agregada y fabricantes nacionales como Jilin Chemical Fiber y Zhongfu Shenying están ampliando su capacidad y su oferta de fibras de mayores prestaciones. Frente a ellos, la japonesa Toray conserva una posición de referencia por su catálogo, su presencia internacional y su integración industrial; la estadounidense Hexcel destaca especialmente en el mercado aeroespacial, mientras las también japonesas Teijin y Mitsubishi Chemical siguen siendo actores tecnológicos relevantes. Lo que China está construyendo no es solo más fibra: es el ecosistema que permite convertirla en industria.
Imágenes | Lawless Capture | Vong Vathanak
Fuente: Artículo original