Lovecraft lo creó como una broma, pero el Necronomicon ha existido en muchas formas y, de hecho, ha vuelto a las librerías
Historia del libro que nunca existió. Howard Phillips nombró el Necronomicón por primera vez en ‘El sabueso’, relato escrito en 1922 y publicado en la revista ‘Weird Tales’ en 1924, aunque un año antes ya había citado a su supuesto autor, el árabe Abdul Alhazred, en ‘La ciudad sin nombre’, donde podíamos leer el famoso pareado sobre la muerte que puede morir. En 1927 desarrolló la broma con ‘Historia del Necronomicón’, una cronología apócrifa que sitúa la redacción original del texto en el Yemen del siglo VIII, con traducción al griego hacia el año 950. El autor nunca ocultó la naturaleza inventada del libro: en una carta a Willis Conover llegó a escribir “nunca existió ningún Abdul Alhazred ni Necronomicón: yo inventé esos nombres”.
Lovecraft siguió nombrando el libro a lo largo de su obra. En ‘La fiesta’ (1925) aparece guardado en la localidad ficticia de Kingsport, en una traducción latina atribuida al erudito Olaus Wormius y situado junto a otros títulos ocultistas “legítimos” de la época. En ‘El caso de Charles Dexter Ward’, escrita en 1927 y publicada póstumamente en 1941, es el brujo Joseph Curwen quien guarda un ejemplar propio, y el autor mencionará por primera vez a Yog-Sothoth. El pareado citado en 1921 reaparece, esta vez sí identificado explícitamente como cita textual del Necronomicón, en ‘La llamada de Cthulhu’ de 1928.
Necronomicon superstar. El relato donde el libro alcanza mayor protagonismo es ‘El horror de Dunwich’, de 1929. Allí leeremos la cita más extensa jamás publicada por Lovecraft, tomada directamente de sus páginas. En el relato, Wilbur Whateley busca en vano un ejemplar completo en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic; el bibliotecario Henry Armitage se lo niega, y Whateley muere despedazado por un perro guardián al intentar robarlo. Dos años después, en ‘El que susurra en las tinieblas’, el relato alude al vasto caos que se oculta bajo el nombre de Azathoth, protegido durante siglos por el propio Necronomicón. Ese mismo año (1936), en ‘En las montañas de la locura’, los protagonistas ya lo han leído antes de que empiece la expedición, y es en sus páginas donde encuentran la primera pista sobre los shoggoths.
Necronomicon de verdad. La ficción se convirtió en mercancía real en 1977, cuando la editorial Schlangekraft publicó el llamado Necronomicón de Simon, un pastiche de mitología sumeria y babilónica salpicado de nombres extraídos de los relatos de Lovecraft. Detrás del proyecto estaba Herman Slater, propietario de la tienda esotérica neoyorquina The Warlock Shop, cansado de explicar a sus clientes que el libro de sus fantasías juveniles no existía en ninguna biblioteca. La autoría real se atribuye habitualmente al escritor Peter Levenda, oculto bajo el seudónimo Simon.
Cuando el libro saltó de la tirada limitada de tapa dura a la edición de bolsillo de Avon Books, William S. Burroughs firmó un texto de acompañamiento en el que pedía que “se revelen los secretos de los siglos”, convencido de que ocultarlos solo beneficiaría a quienes ya los controlaban en privado. Se venía hablando desde hacía tiempo del Necronomicón real: el mago ceremonial británico Kenneth Grant, antiguo secretario de Aleister Crowley, sostenía que Lovecraft había absorbido sin saberlo enseñanzas de sectas ocultistas reales activas en Nueva Inglaterra, y que sus dioses antiguos no eran pura invención sino manifestaciones de fuerzas que un practicante versado podía llegar a invocar.
Al cine que vas. El libro sobrevivió a la muerte de su creador gracias al cine de terror más saltimbanqui y a los comics. En ‘Terroríficamente muertos’ de Sam Raimi, la primera secuela de su ‘Posesión infernal’, el Necronomicón Ex Mortis aparece grabado en una cinta de casete que despierta a un espíritu del bosque . Y Alan Moore y Jacen Burrows dedicaron doce números de ‘Providence’ a reconstruir (entre otras cosas) el origen del libro, como culminación de una trilogía iniciada con ‘The Courtyard’ y ‘Neonomicon’. Todo refritos y variantes que, paradójicamente, no han aniquilado la leyenda del volumen oscuro, sino que lo han mantenido más vivo que nunca.
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