EEUU acaba de incorporar un nuevo Boeing 747 a su flota presidencial. Detrás hay un polémico regalo de Qatar
La diferencia con la flota actual empieza por la edad y por la plataforma. Los VC-25A que asociamos desde hace décadas al Air Force One son Boeing 747-200B especialmente modificados, en servicio desde 1990, mientras que el Bridge parte de un Boeing 747-8 de unos 13 años. No es un avión nuevo, pero sí pertenece a una generación mucho más reciente del Jumbo.
Ahí empieza la parte más delicada de la historia. Como decimos, el avión procede de Qatar y fue aceptado por el Departamento de Defensa de Estados Unidos como regalo para uso gubernamental con el objetivo de adaptarlo al transporte presidencial durante la Administración Trump. La controversia no nace solo de su valor, estimado en cientos de millones de dólares, sino de quién lo entrega y para qué misión acaba entrando en el sistema estadounidense. En Washington, la operación ha provocado críticas y dudas legales, éticas y de seguridad: desde las normas sobre regalos de gobiernos extranjeros hasta la posible influencia extranjera y el coste real de convertirlo en una plataforma presidencial.
La Fuerza Aérea sostiene que el avión es seguro, que incorpora las tecnologías necesarias para la misión presidencial y que no se asumieron riesgos en seguridad, protección ni comunicaciones de misión. También afirma que un grupo de expertos interagencias desarrolló protocolos para detectar y, si era necesario, neutralizar posibles riesgos técnicos en una aeronave previamente utilizada por otro propietario. Lo que no ha detallado públicamente es el alcance de capacidades sensibles como el endurecimiento frente a impulsos electromagnéticos, los sistemas de autoprotección o su equivalencia real con los VC-25 definitivos.
Ese equilibrio resume bien el caso. El nuevo 747 no llega para cerrar de golpe la transición presidencial, sino para ganar tiempo mientras los aviones definitivos siguen pendientes. Desde el punto de vista operativo, la lógica es comprensible: los modelos actuales envejecen y la continuidad del transporte presidencial no puede depender de calendarios que se retrasan. Desde el punto de vista político, sin embargo, el camino elegido tiene un coste evidente. El Bridge nace como un avión puente, pero también envuelto en controversias.
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