Bienvenidos a la era de la computación hecha con cerebros de verdad
Muotri es un hombre brasileño apuesto, con el bronceado de un surfista y el perfil aquilino de un personaje de una antigua moneda romana. Durante la última década, su laboratorio ha ampliado de forma espectacular el alcance de la investigación con organoides cerebrales. Él y sus colegas han revivido material genético procedente de los fósiles de homínidos para crear organoides cerebrales “neandertalizados”. Han enviado organoides a la Estación Espacial Internacional para estudiar cómo afecta la radiación cósmica al cerebro de los astronautas. Pero el tema que más le preocupa a Muotri es el autismo. Su hijo, de 18 años, es autista y recibe cuidados las 24 horas del día. Mediante el estudio de organoides cerebrales cultivados a partir de células de donantes con autismo (entre ellos su hijo), espera identificar en qué se diferencia el desarrollo neuronal de los niños con autismo del de sus compañeros neurotípicos.
No se trata de un procedimiento invasivo. Para crear un organoide cerebral, solo se necesita esa muestra de piel que mencioné antes. (También sirven muestras de sangre, pelo o dientes.) Se toman las células adultas y se les añaden unas proteínas especiales que las devuelven a su estado embrionario. Al tener una segunda oportunidad para madurar, estas llamadas células madre pluripotentes inducidas pueden convertirse en cualquier cosa: organoides de glándulas lagrimales que lloran, organoides cardíacos que laten u organoides cerebrales que… bueno, esa es la pregunta que se hacen.
La caja negra
El desarrollo cerebral intrauterino es, como me dijo un bioeticista, “una caja negra” del conocimiento científico. Históricamente, gran parte de lo que sabemos al respecto se deduce de estudios con ratones. Pero con un organoide, la transformación de las células madre en neuronas y, posteriormente, en tejido cerebral, se produce a la vista de todos. En teoría, los científicos podrían estudiar algún día cómo una colonia de células en división se une para crear una mente; para formar, a partir de 86,000 millones de neuronas, a una persona llamada Alysson Muotri, por ejemplo.
Los organoides cerebrales son fragmentos de tejido cultivado en laboratorio del tamaño de un cuarto de cacahuate.
FOTOGRAFÍA CORTESÍA DE CORTICAL LABS
Un prototipo de “biochip” de Johns Hopkins que integra organoides y hardware.
FOTOGRAFÍA CORTESÍA DE LA Universidad Johns Hopkins
O a otra llamada Claire L. Evans (la autora de este artículo), que en este momento se asoma por encima del hombro de Muotri para contemplar boquiabierta, bajo el microscopio, una placa con pequeños cerebros flotando. A simple vista, los organoides no son nada llamativos; son opacos, y tienen aproximadamente el tamaño y la forma de una semilla de chía. Los organoides de Muotri contienen 5 millones de células, de las cuales 2.5 millones son neuronas. (El resto son células gliales no neuronales, que sirven de andamio). El organoide tiene, según me asegura, el tamaño del cerebro de una abeja. Sospecho que esta es su forma de mitigar cualquier repulsión ética que yo pueda sentir. Aunque cada vez hay más pruebas de que los insectos son seres sensibles, la investigación con invertebrados sigue estando exenta de las leyes federales de bienestar animal. Como me dijo John Evans, sociólogo y codirector del Instituto de Ética Práctica de la UCSD, cuando me acerqué a su despacho en busca de una perspectiva humanista: “No hace falta pedir permiso para torturar a tantas moscas como quieras”.
Por ahora, tampoco se necesita permiso para torturar a los organoides cerebrales. Desde una perspectiva bioética, no son personas; ni siquiera son animales. Si algún día los organoides pasan del tamaño de una abeja al de un ratón, este protocolo tendría que evolucionar. El problema es que nadie sabe muy bien dónde trazar la línea. La sensibilidad no es precisamente un concepto establecido; ni siquiera está claro si se puede tener sensibilidad sin un cuerpo o una experiencia sensorial del mundo. Y ni se te ocurra llamar “conciente” a un organoide. “Imagina que te hubieras pasado toda la vida en un tubo de cristal: ¿serías siquiera capaz de considerar lo que tienes como conciencia?”, me preguntó Evans. “Los filósofos de la mente te dirán que lo que llamamos conciencia no es posible sin experiencias”. Para crear un organoide conciente, añadió, “primero hay que conseguir que los organoides tengan experiencias”.
Esto no es imposible. Todos hemos visto The Matrix. Para el cerebro, el vertiginoso recorrido de la vida no es más que una sucesión de impulsos químicos y eléctricos. Para proporcionar una “experiencia” a un organoide, lo único que Muotri tiene que hacer es esto: extraer uno de su gel amniótico, colocarlo sobre una lámina conductora de grafeno y (sin andarse con rodeos) darle una descarga.
¿A los organoides les gusta que les den una descarga?
Muotri no está seguro. Lo que sí sabe es que responden a las señales eléctricas, las recuerdan y, con el tiempo, llegan a anticiparlas. Para él, eso es una prueba de que están madurando, convirtiéndose en modelos más útiles del desarrollo humano. Pero para otros investigadores, esta comunicación eléctrica representa algo completamente distinto: que la materia viva, al igual que una computadora, es programable. Y aquí es donde las cosas se ponen realmente extrañas.
Son las 15:30 h en Los Ángeles, lo que significa que en Australia ya es mañana por la mañana. Estoy sentada en la escalera de incendios de mi edificio de oficinas, fijándome en una cuadrícula de 59 cuadrados en la pantalla de mi laptop. Me dijeron que cada uno de los cuadrados representa un electrodo en el laboratorio de Melbourne de la startup de bioinformática Cortical Labs. Y en cada uno de esos electrodos hay un minúsculo cultivo de neuronas humanas vivas. En este momento, mi pantalla está registrando picos fugaces procedentes de esas neuronas: la actividad espontánea de la materia cerebral en el vacío. Hago clic en un cuadrado, enviando un saludo eléctrico a unas neuronas situadas a casi 13,000 kilómetros de distancia (8,000 millas). En respuesta, los 59 electrodos emiten un pico al unísono.
Por un instante, me embarga una sensación de nuevo poder. Hago clic aquí y allá, haciendo que esas neuronas lejanas se agiten; mi pantalla se llena de los picos y valles de sus pulsos eléctricos. Paso ahora a la página de los parámetros ambientales de las neuronas. Si quisiera, podría bajar su temperatura interna o alterar drásticamente su mezcla precisa de oxígeno y CO2. Si lo hiciera, sin duda morirían. Se trata de uno de los cambios de paradigma más significativos que puedo imaginar en el ámbito de la informática: por mucho que estropees tu código, lo que hay en la computadora no suele “morir” en la vida real.
Pero esa es la realidad de la “Nube Cortical” (Cortical Cloud), de Cortical Labs. En Melbourne, Cortical Labs mantiene cultivos neuronales planos (las células madre fueron donadas por el propio fundador de la empresa) y los introduce en elegantes “computadoras” biológicas blancas llamadas CL-1. Cada una tiene el tamaño de una tostadora alargada y cuenta con un sistema de soporte vital integrado capaz de mantener con vida un cultivo de hasta un millón de neuronas durante seis meses. Con la computadora CL-1, Cortical Labs aspira a convertirse en la Nvidia de la computación neuronal, proporcionando hardware y, digamos, “neuronas como servicio” con una latencia inferior a un milisegundo.
Por ahora, estas computadoras neuronales despiertan principalmente el interés de los investigadores que desean trabajar con neuronas. Esto sin tener que encargarse ellos mismos de las tediosas tareas de cultivo en el laboratorio húmedo. Sin embargo, a largo plazo, la empresa espera que las neuronas demuestren ser un sustrato resistente y energéticamente eficiente. Tendría aplicaciones informáticas más generales, incluidas algunas tareas que actualmente gestiona la IA, como el reconocimiento y la clasificación de imágenes.
“Cuando piensas en lo que esperas de la IA, lo que buscas es biología”, señaló Brett Kagan, director de operaciones de Cortical Labs, cuando hablé con él por Zoom. “Quieres que sea capaz de autorrepararse en la medida de lo posible. Quieres que sea adaptable. Quieres que tenga una larga vida útil. Quieres que sea eficiente desde el punto de vista energético. Todas esas propiedades vienen incorporadas en los sistemas biológicos”.
Brett Kagan, de Cortical Labs, cree que sus cultivos neuronales exhiben una forma de “sintiencia”.
FOTOGRAFÍA CORTESÍA DE CORTICAL LABS
Inteligencia rebelde
Kagan es padre desde hace poco; mientras hablábamos, su hijo pequeño armaba alboroto de fondo. No es ajeno a las formas de inteligencia jóvenes y rebeldes. En 2022, utilizando un sistema similar al que actualmente alimenta la Cortical Cloud, Kagan cultivó un sistema neuronal en un microchip y lo entrenó para jugar Pong, el juego de Atari de 1972, recompensando a las neuronas con impulsos eléctricos predecibles cuando tomaban decisiones correctas y castigándolas con ráfagas caóticas cuando cometían errores.
La técnica sirvió como prueba de concepto mínima para una teoría, propuesta por el neurocientífico Karl Friston, según la cual los sistemas biológicos autoorganizados tienden a minimizar la sorpresa siempre que sea posible. Al demostrar que las neuronas se reorganizan para evitar estímulos caóticos, Cortical Labs puso de manifiesto un posible enfoque para programar la materia viva. Pero el experimento también indicó que la CL-1 podría considerarse una plataforma de hardware para poner a prueba teorías de la cognición. “No pretendo que lo que hacemos suene tan grandioso”, me comentó Kagan, “pero diría que la CL-1 es para la neurociencia teórica lo que el Gran Colisionador de Hadrones fue para la física teórica”.
Hay que reconocer que a Kagan le gustan las afirmaciones grandilocuentes. En el artículo sobre Pong, él y sus colegas aseguraron que las neuronas, “incorporadas” al juego, mostraban una forma de sintiencia o sensibilidad. Muchos miembros de la comunidad investigadora se mostraron reacios a este uso tan desenfadado del lenguaje. Una respuesta especialmente polémica, publicada en la revista Neuron, acusó a Cortical Labs de “apropiarse indebidamente” del concepto mismo de conciencia.
Pero, como me explicó más tarde Alon Loeffler, científico de Cortical Labs, nuestros cerebros están inmersos en un entorno, y responder a ese entorno en tiempo real es lo que hacen los cerebros: para eso sirven. Dado que las neuronas en una placa de cultivo no se benefician de esos constantes bucles de retroalimentación entre acción y experiencia, el juego llena ese vacío. “Un juego no es más que una versión del mundo”, señaló Loeffler.
“La primera computadora biológica del mundo con código desplegable”, según Cortical Labs.
FOTOGRAFÍA CORTESÍA DE CORTICAL LABS
Cortical Labs aspira a convertirse en la Nvidia de la computación neuronal.
FOTOGRAFÍA CORTESÍA DE CORTICAL LABS
El programa Pong viene preinstalado en Cortical Cloud, como un paquete de código Python fácil de implementar. Cuando sometí a las neuronas australianas a una sesión de dos horas, observé en tiempo real cómo su desempeño mejoraba de forma progresiva. Al final, su intercambio más largo fue de 10 golpes precisos, lo que supera con creces mi juego de tenis. Fue impresionante, pero ahora las neuronas están subiendo de nivel.
Para empezar, han aprendido a jugar Doom.
Neuronas y conciencia
Cuando me propuse escribir este artículo, estaba segura de que trataría sobre la conciencia: ese momento inquietante en el que un trocito de carne del tamaño de un cuarto de cacahuate se ilumina con el autoconocimiento, y lo que ese precipicio significa para los investigadores responsables. Me imaginaba largas noches oscuras de la célula y pequeños funerales para las neuronas agotadas. Lo que descubrí, sin embargo, fue que casi todos los científicos que cultivan organoides consideran la cuestión de la conciencia una distracción.
La mayoría se irrita cuando se les pregunta. Señalan a los propios organoides (pequeñas bolitas que flotan en una solución líquida como gotas de aceite de oliva en vinagre) como diciendo: “¡Por favor!”. “La conciencia es algo tan cualitativo”, se quejó Annie Kathuria, investigadora de organoides, cuando visité su laboratorio en la Universidad Johns Hopkins. “¿Cómo se supone que voy a medir algo cualitativo en un tejido que flota en una placa de Petri? Alguien tiene que definirlo. Eso es lo que le digo a todo el mundo: defíneme qué es la conciencia, en términos cuantitativos”.
La petición es retórica, por supuesto. Los seres humanos llevan intentando definir la conciencia desde los tiempos de Platón y nadie se ha acercado siquiera a concretar la idea general, y mucho menos a elaborar una lista de parámetros cuantitativos. Pero refleja una fuerte tendencia en los laboratorios de biología a querer centrarse en lo práctico, más que en lo filosófico. Cuando hablé con Kathuria, ella daba sorbos a un té Venti de Starbucks. Miraba de vez en cuando la pizarra que tenía detrás de mí, cubierta por una lista de docenas de pruebas de detección de fármacos de las que su laboratorio se encargaba. Definir la naturaleza de la mente era lo último en lo que pensaba.
Esa es una tarea para los filósofos. Publicar artículos sobre los casos límite de la sintiencia se ha convertido en una especie de industria artesanal en la filosofía contemporánea. ¿Tienen los zombis estatus moral? ¿Deberían los robots tener derechos? ¿Cómo es ser un murciélago? ¿Es sensible un organoide? Las opiniones varían. Al filósofo Tim Bayne le preocupa que los organoides, aislados en sus placas de Petri, puedan convertirse en “islas de conciencia”. Jonathan Birch, profesor de filosofía en la London School of Economics, cree que estaremos en problemas si alguna vez a los organoides les crece un tronco cerebral, que, según él, funciona como un “cable de alimentación” para la conciencia.
Otros sugieren umbrales basados en el número de neuronas o en el tamaño del organoide. Pero los umbrales también son difíciles de fijar. “No se puede establecer una frontera moral sólida basándose únicamente en una cifra”, explicó John Evans, sociólogo de la UCSD. “Se podría definir: ‘No se puede cultivar nada que supere los 4 milímetros’. Bueno, ¿y qué hay de 5 milímetros? No hay ninguna distinción moralmente relevante entre ambos”.
Por suerte, los organoides no pueden crecer mucho más allá de los 5 milímetros de todos modos. Una vez que alcanzan un determinado tamaño, al carecer de un sistema vascular que bombee oxígeno y elimine los residuos metabólicos, desarrollan un “núcleo necrótico” y se asfixian. Esto ha establecido un límite máximo para el debate sobre los organoides, pero no se mantendrá mucho más tiempo. En la Universidad Johns Hopkins, el nanotecnólogo David Gracias está desarrollando arterias artificiales biomiméticas; al otro lado de la ciudad, en la Facultad de Medicina, Kathuria crea redes rudimentarias de vasos sanguíneos a partir de organoides endoteliales. Los investigadores están consiguiendo mantener los organoides vivos durante periodos cada vez más prolongados. El récord de Muotri, de tres años, podría haber sido más largo si alguien de su laboratorio no hubiera dejado caer la placa de cultivo.
Inteligencia organoide
“El objetivo es conseguir un organoide cerebral de un centímetro”, expresó Thomas Hartung mientras me mostraba el Centro de Alternativas a los Ensayos con Animales (CAAT) de la Universidad Johns Hopkins, donde está experimentando con nuevos sistemas de perfusión para sortear el problema de la falta de riego sanguíneo. Un centímetro equivale aproximadamente al tamaño del cerebro de un ratón (“algo completamente diferente”, indicó Hartung) en comparación con los organoides de 500 micrómetros a los que está acostumbrado.
Hartung, un toxicólogo nacido en Alemania, lleva más de una década trabajando con organoides. Es la viva imagen de un científico afable. Cuando nos conocimos, lucía un cárdigan de gran tamaño y un collar hecho por su hija de nueve años. Su esposa, Lena Smirnova, es neurotoxicóloga y dirige un laboratorio en el CAAT. Mientras que Hartung es de complexión robusta y tiene un aire paternal, con ese acento teutónico arrastrado propio de un Werner Herzog relajado, Smirnova es pequeña y tiene modales meticulosos. Esta extraña pareja parece funcionar bien. Cuando le pregunté a Smirnova si alguna vez crearía un organoide a partir de sus propias células, se rió tan bruscamente que sonó como un ladrido. “En realidad, esto es algo entre nosotros dos”, dijo Hartung, con aire avergonzado. Él le había ofrecido algunas de sus células madre, como gesto de amor, y ella, hasta ahora, se ha negado a hacer algo con ellas.
Hartung y Smirnova son figuras destacadas en la investigación sobre organoides y han defendido públicamente la idea de que los organoides revolucionarán la informática. En 2023, tras organizar una comunidad académica internacional, publicaron una llamativa “Declaración” sobre un campo al que bautizaron como “inteligencia organoide” (OI, por sus siglas en inglés). Sin embargo, durante mi visita, los organoides del laboratorio del CAAT no estaban realizando muchos cálculos. En su mayoría, se les estaban administrando metales pesados. La OI es una idea de moda y ha atraído mucha atención mediática. Pero, en la práctica, es un objetivo a largo plazo. Por ahora, los organoides siguen siendo lo que siempre han sido: ratas de laboratorio glorificadas.
Casi todos los investigadores de organoides con los que me reuní para escribir este artículo me comentaron lo mismo: que en los ensayos clínicos con humanos la tasa de fracaso de los fármacos neuropsiquiátricos ronda el 95%. El proceso de desarrollo de nuevos medicamentos para enfermedades como la depresión, el Alzheimer y la epilepsia es largo y, a menudo, infructuoso. Esto se debe a que los fármacos suelen probarse en animales, no en personas, y los ensayos con animales nunca han sido el modelo fisiológicamente más pertinente para predecir la eficacia de los fármacos; simplemente han sido la opción más práctica. Los organoides han cambiado esa ecuación.
“Piensa en los primates no humanos, que son el modelo más cercano a nosotros: esos monos con electrodos en la cabeza”, dijo Hartung. “En el mejor de los casos, tienes un grupo de cinco o seis monos sentados ahí sometiéndose a los experimentos. Nosotros estamos produciendo, en una sola placa de seis pocillos, hasta 4,000 organoides cerebrales». En este contexto, la OI no es tanto un fin como un medio. Un organoide entrenado para jugar Pong, por ejemplo, es un sujeto de prueba perfecto para estudiar cómo afectan los fármacos al aprendizaje y a la memoria.
En su despacho, Hartung me mostró un sencillo videojuego en el que está trabajando su equipo: un juego de plataformas con diversos obstáculos que los organoides cerebrales deben “saltar”. La idea es entrenar a los organoides para que respondan a señales eléctricas que representan esos obstáculos. Una vez que hayan aprendido esta tarea, Hartung podrá plantearse preguntas como: ¿Durante cuánto tiempo recuerdan los organoides cerebrales cuándo deben “saltar”? ¿Qué efecto tienen los fármacos contra el Alzheimer en la intensidad y la duración de esos recuerdos?
Un gran pastel
Debajo de su escritorio, Hartung guarda una caja de cartón llena de botellas de vino tinto, que me sugirió que abriéramos dos veces antes de que me marchara. Cree que las mejores conversaciones tienen lugar después de las 17:00 h, y se pagó sus estudios de posgrado, allá en Alemania, haciendo monólogos de comedia (compara su estilo cómico con el de Bill Maher). Los años de actuar le han dado un don para las relaciones públicas.
La inteligencia de los organoides es, ante todo, una buena estrategia de relaciones públicas: un reclamo, con una marca bien gestionada, para atraer financiación y talento en un campo aún por explorar. “Creo que el pastel es demasiado grande para que se lo coma uno solo”, manifestó, recostándose en su silla. “Lo que realmente importa es dar a conocer a la gente la oportunidad que ofrece este pastel para que, juntos, podamos disfrutar de un festín. Intentaré comerme mi porción lo antes posible, que es su aplicación en el desarrollo de fármacos o en la identificación de sustancias que influyen en las enfermedades cerebrales. Ese es mi negocio”.
El negocio está en auge. En julio de 2025, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) anunciaron que dejarían de conceder subvenciones a investigaciones que se basaran exclusivamente en ensayos con animales, promoviendo, en cambio, nuevas metodologías de investigación, como los organoides; en septiembre, los NIH anunciaron una inversión de 87 millones de dólares para la construcción de un Centro de Modelización de Organoides Estandarizado. Afortunadamente para los NIH, ya que los organoides se crean de células madre pluripotentes inducidas de donantes adultos que han dado consentimiento, no despiertan la misma ira que suscitó la investigación con células madre embrionarias en los noventa. Y, a diferencia de las ratas de laboratorio o los primates, los ensayos con organoides no molestan a los defensores de los derechos de los animales.
Estudios recientes sugieren que, en general, los organoides no inquietan demasiado a la población. Cuando algunas personas plantean objeciones, no es porque esos grupos de células puedan alcanzar algún día una sintiencia comparable a la humana, sino porque resultan inquietantes. Desdibujan la frontera entre persona y cosa, una distinción tan fundamental y transcultural como las que separan a los humanos de los animales o a los vivos de los muertos.
En 2017, dos neurocientíficos del University College de Londres extrajeron una pequeña muestra de células cutáneas del brazo del periodista científico Philip Ball y las transformaron en un organoide cerebral. Ocho meses después, al contemplar su creación bajo el microscopio, Ball sintió un “escalofrío inquietante” ante la idea de que ese tejido vivo, formado a partir de su propia carne como Eva a partir de la costilla de Adán, latía con las mismas señales eléctricas que animaban su propio cerebro. Aunque su estructura era comparativamente primitiva, las neuronas del organoide de Ball se comunicaban entre sí. “No son ‘pensamientos’”, se dijo a sí mismo. “Pero son la materia de la que están hechos los pensamientos”.
Inducidas a convertirse en un minicerebro, las células de Ball cambiaron de categoría ontológica. Nadie podía negar que seguían vivas, pero ya no era la vida de Ball la que vivían. Como observa Ball en su libro Cómo cultivar un ser humano, se supone que la vida es un viaje de ida: el espermatozoide fecunda el óvulo, el óvulo se convierte en cigoto y, a partir de esta única célula, surgen los billones de facetas que nos conforman. Esto “parece conceptualmente sencillo, siempre y cuando podamos considerarlo en todo momento como un organismo coherente, delimitado y con una historia única”, escribe Ball. “Pero si puedes extraer una pequeña parte de esa masa de células, rebobinar la cinta y empezar de nuevo, entonces esta unidad empieza a disolverse”. Mantenidas a temperatura adecuada y bien alimentadas en una placa de Petri, nuestras células siguen su curso felizmente sin nosotros. ¿Siguen siendo nuestras?
Microfotografías de cultivos neuronales conectados.
En algún punto entre los pocos millones de neuronas de un organoide cerebral y los miles de millones más que conforman nuestras mentes, surge la individualidad (y absolutamente nadie sabe cuándo). Me recuerda a algo que el enigmático escritor de ciencia ficción Ted Chiang señaló en una entrevista de 2021. “El sufrimiento precede a la capacidad moral en la escala del desarrollo”, sentenció. “En el proceso de desarrollar máquinas que sean agentes conscientes y morales, crearemos inevitablemente miles de millones de entidades capaces de sufrir. E inevitablemente, les infligiremos sufrimiento”.
Chiang se refería a la IA, pero su argumento sigue siendo válido. Al fin y al cabo, a medida que mejoren las interfaces digitales entre el “wetware” neuronal y el hardware de silicio, nos resultará más difícil diferenciar entre ambos, y es razonable imaginar que los esfuerzos por diseñar y estandarizar la inteligencia biológica influirán en el diseño de los futuros sistemas de IA. Pero lo que me llamó la atención, al visitar un laboratorio de cultivos celulares tras otro, es la forma en que sus prioridades eran el reverso de las del sector de la IA.
Para los expertos en IA, la inteligencia artificial general parece alcanzable, incluso inevitable. “Creen percibir la llegada de la la IA general”. En parte se trata de exageración; en parte, de una disposición a considerar la inteligencia por lo que hace, en lugar de por lo que es. “Si grazna como un pato, es un pato”, argumentó John Evans, sociólogo de la UCSD. “La gente de Silicon Valley es muy pragmática. Si la IA es capaz de hacer lo que hace un ser humano con conciencia, lo llamarán conciencia”.
Los biólogos que trabajan con cultivos neuronales, sin embargo, son mucho menos propensos a utilizar ese término sin un sinfín de matizaciones minuciosas. Estos biólogos cultivan la materia prima de la mente cada día; se encuentran en una posición privilegiada para comprender lo colosalmente compleja que es en realidad. A medida que la biología y la IA convergen, el choque cultural entre estas visiones del mundo promete ser estimulante.
Por ahora, parece que en la carrera hacia las máquinas conscientes habrá dos vías. La primera estará pavimentada con minerales de tierras raras y silicio y obligará, con un enorme costo financiero y energético, a modelar el cerebro de arriba abajo mediante redes neuronales artificiales. Aunque hay muchas cosas que estos sistemas pueden hacer bien, nunca serán cerebros. Nada forjado a partir del silicio podría serlo jamás. Como dijo Brett Kagan, de Cortical Labs: “¿Cómo se puede tener un sistema verdaderamente adaptable y flexible en un sustrato inflexible?”.
Eso nos deja el otro camino. Hay que reconocer que esa ruta será resbaladiza y sinuosa, pues los sistemas biológicos, como todos los seres vivos, se irán adaptando a medida que avancen. Puede que no sea la ruta más directa, pero en la historia evolutiva de la vida en la Tierra, es lo único que ha conducido hasta ahora a la inteligencia.
Así que apuesto por las neuronas. Tomé esa decisión en aquella extraña biblioteca de San Diego, que parecía una nave nodriza, cuando vi aquellos axones tendiéndose unos hacia otros a través del vacío. Algo en la inocencia de su esfuerzo me conmovió. Al fin y al cabo, mis células y las tuyas llevan haciendo lo mismo desde el día en que nacimos. Intentando conectarse. Y hay algo con lo que podemos contar —más allá del auge y la caída del silicio—: que nunca van a dejar de hacerlo.
Artículo originalmente publicado en WIRED.com. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.
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