El submarino nuclear Komsomolets se hundió en aguas europeas hace casi 40 años. El asunto está en lo que aún libera al mar
La intervención de contención elegida años después no consistió en reflotar el submarino, sino en aislar sus zonas más sensibles. En 1994, una expedición rusa utilizó sumergibles tripulados para sellar con placas de titanio los seis tubos lanzatorpedos y algunos orificios de la sección de proa. El objetivo era reducir la circulación de agua por el compartimento donde permanecían las ojivas y limitar una eventual liberación de plutonio. No fue un cierre completo del casco, sino una medida de contención que seguía aparentemente intacta cuando el pecio fue inspeccionado en 2019.
Décadas después, el regreso al Komsomolets tuvo un objetivo distinto: observar y medir, no volver a sellarlo. En 2019, una expedición científica envió hasta el submarino el Ægir 6000, un vehículo operado a distancia equipado con cámaras, brazos manipuladores e instrumentos de muestreo. El robot recorrió distintas zonas del casco y recogió agua, sedimentos y organismos cerca del reactor y del compartimento de torpedos. Así fue posible estudiar el estado del naufragio sin exponer a una tripulación humana a aquellas condiciones.
Los resultados publicados este año en PNAS concluyeron que los conjuntos que contienen el combustible nuclear están dañados y que el agua de mar ha alcanzado el material del reactor. Los análisis vinculan ese deterioro con emisiones intermitentes de radionúclidos, aunque los investigadores todavía tratan de determinar los mecanismos exactos que las originan. Las concentraciones más elevadas aparecieron junto a un conducto de ventilación y una rejilla próxima, pero el material se diluye rápidamente y existe poca evidencia de acumulación en el entorno del pecio. Tampoco se encontraron indicios de plutonio de grado militar procedente de las ojivas en la zona de la proa.
Llegar hasta el Komsomolets no es imposible: los sumergibles de los años noventa y las expediciones posteriores ya demostraron que se puede trabajar a esa profundidad. La dificultad está en determinar qué actuación aportaría una mejora real y qué riesgos implicaría intervenir sobre una estructura nuclear dañada. Según explicó la autoridad noruega de seguridad nuclear a la BBC, por ahora no existen planes para una nueva operación de contención. La respuesta sigue siendo volver, medir y vigilar cómo cambia un submarino que lleva casi cuatro décadas bajo el mar.
Imágenes | Instituto Noruego de Investigación Marina
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