Casi la mitad de los casos de demencia podrían prevenirse con simples ajustes, pero la información no está llegando a la gente
El programa con mejores resultados combinó una evaluación personalizada del riesgo con un curso educativo estructurado. Tres años después, los participantes habían reducido en un 26% sus factores de riesgo modificables para demencia.
“Cuando las personas comprenden su propio riesgo personal y se les brindan formas claras y prácticas de actuar, especialmente a través de redes comunitarias de confianza, es más probable que realicen cambios significativos”, dijo el profesor Siervo. Su colega, la investigadora Blossom Stephan añadió: “Necesitamos combinar mensajes públicos generales con apoyo específico que ayude a las personas a actuar. Eso significa invertir en programas accesibles, culturalmente relevantes y diseñados con las comunidades, no solo implementados para ellas”.
Un hombre hace pesas en un gimnasio.
Justin Sullivan/Getty Images
Salud muscular es salud cerebral
Mario Siervo y Blossom Stephan formaron parte de un segundo estudio que complementa el primero. Este amplía el panorama al mostrar que la prevención de la demencia no depende únicamente del cerebro, información que es de suma importancia que llegue a la población.
Los investigadores analizaron datos de casi 500,000 adultos seguidos durante una mediana de 13.6 años. Su interés se centró en la llamada obesidad sarcopénica, una condición en la que el exceso de grasa corporal se combina con baja masa muscular o poca fuerza.
Durante el seguimiento se diagnosticaron 8,647 casos de demencia.
Los resultados mostraron que las personas con obesidad sarcopénica presentaban un riesgo 34% mayor de desarrollar demencia que quienes no tenían obesidad ni pérdida muscular. Un incremento similar se observó entre quienen presentaban sarcopenia, es decir, pérdida de músculo, incluso sin obesidad.
El análisis también reveló diferencias según la edad y el sexo. Las asociaciones fueron más intensas en personas menores de 65 años y en hombres.
Este resultado sugiere que la fuerza muscular podría convertirse en un indicador sencillo para identificar personas con mayor riesgo antes de que aparezcan problemas cognitivos evidentes.
Un mismo objetivo desde diferentes ángulos
Aunque ambos estudios analizan aspectos distintos de la prevención, sus conclusiones convergen.
Por un lado, la revisión sistemática muestra que las campañas informativas funcionan mejor cuando no se limitan a difundir pasivamente mensajes generales, sino que ayudan a las personas a comprender su propio riesgo y las acompañan en el cambio de hábitos.
Por otro, el estudio sobre obesidad sarcopénica indica que preservar la fuerza muscular puede ser tan importante como controlar otros factores de riesgo tradicionalmente asociados con la salud cerebral.
En conjunto, estas investigaciones refuerzan la idea de que la prevención de la demencia comienza mucho antes de los primeros síntomas. Mantener la actividad física, conservar la fuerza muscular y facilitar que la población conozca los factores de riesgo son estrategias complementarias de un mismo objetivo.
“Dado que se prevé que las tasas de demencia aumenten significativamente en las próximas décadas, la prevención es una de las herramientas más poderosas de las que disponemos; pero para lograrlo, necesitamos replantearnos cómo comunicamos el riesgo y cómo apoyamos a las personas para que actúen en consecuencia”, concluye la profesora Stephan.
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